
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con la pequeña Sofía y qué encontró su padre en esa almohada. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante y escalofriante de lo que imaginas.
Juan revisaba los últimos detalles del contrato. Un acuerdo multimillonario con una empresa de tecnología asiática, la joya de la corona para su imperio. Su oficina, en el piso cincuenta de un rascacielos de cristal y acero, ofrecía una vista panorámica de la ciudad que él, en gran parte, había ayudado a construir. El sol de la tarde se reflejaba en los pulcros muebles de caoba y en el brillo de su reloj suizo.
Era un hombre de negocios, un empresario implacable. Su vida era una carrera constante contra el tiempo, cada minuto valía una fortuna. Pero había un santuario en su alma, un pequeño rincón intocable: su hija Sofía, de solo siete años. Ella era su debilidad, el motor silencioso detrás de cada ambición desmedida.
El teléfono vibró sobre la superficie de su escritorio. Una llamada de la escuela, pensó, o quizás de su asistente personal. Pero el nombre en la pantalla lo detuvo en seco: “Sofía”. Era su número de casa, lo que significaba que la niñera le había pasado el teléfono. Raro. Sofía rara vez llamaba directamente.
Contestó, una sonrisa automática en sus labios. “Hola, princesa. ¿Qué pasa?”
La voz al otro lado era pequeña, casi un susurro. “Papá”, dijo Sofía, y su tono no era el habitual. No había alegría, ni la chispa de una nueva travesura. “Me duele la espalda.”
Juan, con la mente aún en las cláusulas del contrato, intentó tranquilizarla. “Mi amor, seguro es un pequeño golpe. Ponte hielo, ¿sí? Papá llega en un rato, estoy terminando algo muy importante.” Se arrepintió de inmediato de la última parte.
“Pero… no es un golpe, papá,” insistió ella, y Juan pudo escuchar un pequeño sollozo ahogado. “Es como… algo frío.”
“Tranquila, mi vida. En cuanto llegue te reviso bien. ¿Está Lucrecia contigo?” Lucrecia era la niñera, una mujer de unos cincuenta años, de confianza, pero a veces un poco despistada.
“Sí,” respondió Sofía, y luego un silencio que a Juan le pareció eterno. La llamada se cortó.
Juan colgó, pero la voz de Sofía se le clavó en la mente como una astilla. “Algo frío.” ¿Un simple dolor de crecimiento? ¿O algo más? La imagen de su hija, tan vivaz, tan llena de luz, chocaba con el tono apagado y misterioso de su voz.
Recordó la última semana. Sofía había estado inusualmente callada. Se negaba a ir al parque, su lugar favorito. No quería jugar con su muñeca de porcelana, ni siquiera dibujar en su gran mesa de artista. Había perdido el apetito, y sus ojos, siempre tan brillantes, parecían velados por una tristeza ajena a su edad.
Un escalofrío le recorrió la espalda, un frío que nada tenía que ver con el aire acondicionado de su oficina. No era normal. Nada de eso era normal.
De un golpe, cerró el portátil. “Cancelen la reunión,” le dijo a su asistente, que lo miró sorprendida. “Tengo una emergencia familiar. Absoluta prioridad.”
No esperó el ascensor. Bajó las escaleras de emergencia, ignorando las miradas atónitas de los empleados. Las llaves de su coche deportivo, un bólido de lujo, se deslizaron en su mano. Tenía que volver a casa. ¡Ahora mismo! La mansión, un imponente edificio de piedra y cristal en las afueras, se sentía de repente como un lugar lejano, inalcanzable.
Manejó como un loco, esquivando el tráfico de la hora pico, las sirenas de su coche, que normalmente usaba solo para ocasiones especiales, resonando por las calles. La adrenalina bombeaba en sus venas, mezclada con un miedo atroz que le arañaba el pecho. Imágenes de Sofía, sonriendo, corriendo, bailando, se mezclaban con el eco de su voz asustada.
Al llegar a la mansión, el portón de hierro forjado se abrió con un lento crujido. El jardín, inmaculadamente cuidado, parecía extrañamente desierto. El silencio dentro de la casa era opresivo, denso. Demasiado silencio para una casa donde vivía una niña.
Juan entró, las puertas se cerraron solas con un suave suspiro. El eco de sus pasos resonó en el amplio hall de mármol. “¡Sofía! ¡Lucrecia!” Su voz sonó ronca, desesperada. No hubo respuesta.
Subió corriendo las escaleras, dos escalones a la vez, el corazón latiéndole a mil contra las costillas. Cada peldaño era un martillazo. El lujoso reloj de pared del pasillo marcaba los segundos con una lentitud exasperante.
La puerta de Sofía, pintada con motivos de estrellas y lunas, estaba entreabierta. Una tenue luz se filtraba desde el interior. Juan empujó la puerta con una mano temblorosa.
La encontró en su cama, acurrucada, dándole la espalda. Su pequeña figura se veía diminuta bajo el edredón de unicornios. Los peluches, sus fieles compañeros, estaban esparcidos por el suelo, ignorados.
Con manos que no le obedecían, Juan se acercó a la cama. El aire en la habitación era frío, a pesar de que la calefacción estaba encendida. Un olor extraño, metálico y dulce a la vez, flotaba en el ambiente.
Se sentó en el borde de la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Extendió una mano y tocó suavemente el hombro de Sofía. “Mi amor, soy papá. ¿Estás bien?”
Sofía se tensó. Luego, con un movimiento lento y doloroso, se giró. Sus ojos, grandes y húmedos, se fijaron en los de Juan. Estaban rojos e hinchados de tanto llorar. Pero eso no fue lo que heló la sangre de Juan.
Más allá de sus ojos llorosos, en su pequeño brazo izquierdo, justo debajo de la manga de su pijama, había una marca. No era un simple hematoma, ni un rasguño de juego. Era una quemadura, una cicatriz irregular de un color púrpura oscuro, con un patrón casi geométrico que Juan no pudo reconocer. Parecía un símbolo antiguo, grabado a fuego en la tierna piel de su hija. Y en la almohada, justo detrás de donde había estado su cabeza, había una mancha. Una mancha oscura y viscosa, de un color rojizo casi negro, que brillaba débilmente bajo la luz de la lámpara. Parecía… sangre. Pero no tenía el olor habitual de la sangre.
El corazón de Juan se detuvo. El aliento se le quedó atrapado en la garganta. ¿Qué demonios había pasado aquí? ¿Quién o qué había osado tocar a su hija?
El pánico se apoderó de Juan con una ferocidad que nunca antes había experimentado. Su mente, habituada a la lógica fría de los negocios, se nubló. La quemadura en el brazo de Sofía, ese símbolo grotesco, y la mancha oscura en la almohada. Era incomprensible, terrorífico.
“Sofía, mi amor, ¿qué es esto?” Su voz apenas fue un murmullo. Intentó tocar la marca, pero su hija se encogió, un gemido de dolor escapando de sus labios.
“No, papá. Duele,” susurró Sofía, las lágrimas volviendo a brotar. “Vino… vino el hombre de la sombra.”
“¿El hombre de la sombra? ¿De qué hablas, mi vida? ¿Quién es ese?” Juan sintió un escalofrío que no provenía del frío de la habitación.
Sofía se aferró a su pijama. “No sé. Es grande. Y… frío. Me tocó. Y luego… todo se puso oscuro.”
Juan la abrazó con fuerza, sintiendo la fragilidad de su pequeño cuerpo. No era un sueño, no era un juego de niños. Esto era real, y era una pesadilla. Sacó su teléfono, las manos temblorosas, y marcó el número de emergencia. Necesitaba un médico, un equipo forense, la policía. Lo que fuera para entender y proteger a su hija.
En cuestión de minutos, la mansión, antes silenciosa, se llenó de luces intermitentes y el bullicio de voces. Médicos, paramédicos, agentes de policía. La niñera, Lucrecia, apareció de su habitación, frotándose los ojos, pálida y confusa.
“¡Señor Juan! ¿Qué sucede? Yo… yo no escuché nada. Sofía estaba durmiendo cuando la dejé hace una hora.” Su voz era un hilo de incredulidad.
“¡No escuchaste nada, Lucrecia? ¡Mi hija está herida! ¿Cómo es posible que no escucharas nada en esta casa?” La furia de Juan era palpable, pero sabía que no era el momento de culpar.
El doctor de emergencias examinó a Sofía con sumo cuidado. “La quemadura es superficial, pero profunda en su aspecto. Parece… antigua, casi. Y la sustancia en la almohada… no es sangre humana. Parece algún tipo de mezcla orgánica, quizás con un componente metálico. Necesitaremos análisis de laboratorio.”
La policía, liderada por la inspectora Valdez, una mujer de rostro severo y mirada aguda, comenzó a interrogar a Juan y a Lucrecia. Revisaron cada rincón de la mansión. Las cámaras de seguridad, de última generación, no mostraban ninguna intrusión. Las puertas y ventanas estaban selladas. No había signos de forcejeo ni de entrada forzada.
“Señor Romero,” dijo Valdez, su voz calmada pero firme. “Según los registros, nadie entró ni salió de la propiedad. Sus sistemas de seguridad son impecables. ¿Hay alguien más en la casa? ¿Algún empleado que no esté registrado?”
Juan negó con la cabeza, la frustración creciendo. “Solo los jardineros y el personal de limpieza que vienen durante el día. Y Lucrecia. Nadie más vive aquí. Nadie.”
La noche se hizo eterna. Sofía, sedada, dormía por fin en el hospital, mientras Juan no se movía de su lado. La imagen de la marca en su brazo y la mancha en la almohada se repetían sin cesar en su mente. “El hombre de la sombra.” ¿Era una alucinación? ¿Un trauma?
De vuelta en la mansión a la mañana siguiente, Juan estaba solo. La policía había dejado una guardia y continuaba la investigación, pero no tenían pistas. La sustancia de la almohada resultó ser una mezcla compleja de hierbas, metales y un sedante natural muy potente, casi hipnótico. La quemadura, aunque no ponía en riesgo la vida de Sofía, era extraña; no era de calor, sino de una reacción química o incluso eléctrica, y el patrón… el patrón seguía siendo un misterio.
Juan decidió tomar las riendas. Si la policía no podía encontrar un intruso físico, tal vez el problema no era físico. Se sentó frente a la pantalla del sistema de seguridad de su mansión, una fortaleza digital que controlaba cada centímetro de la propiedad. Revisó las grabaciones de la última semana, minuto a minuto. Horas y horas de metraje.
El tiempo se arrastraba. Veía a Sofía jugar en el jardín, a Lucrecia cocinando, a él mismo llegando y saliendo. Todo normal. Demasiado normal.
Entonces, lo vio. No era una persona. Era una anomalía. En la grabación de la cámara del pasillo de Sofía, justo a las dos de la madrugada del día anterior, hubo un parpadeo. Un microsegundo. Un glitch. Era tan breve que casi no se notaba, pero Juan, con su ojo entrenado para detectar cualquier irregularidad en sus sistemas financieros, lo captó.
Rebobinó. Reprodujo. Una y otra vez. El parpadeo. Y justo antes del parpadeo, una sombra. Una sombra más oscura que la propia noche, que parecía deslizarse por el borde del marco de la puerta de Sofía. No era una persona. No tenía forma humana. Era… una ausencia de luz, que se movía.
Juan sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. ¿Era esto lo que Sofía llamaba “el hombre de la sombra”?
Recordó viejas historias que su abuela le contaba de niño, cuentos sobre la mansión. Sobre sus rincones ocultos, sobre un pasado oscuro. Su familia había sido rica por generaciones, pero la mansión había cambiado de manos varias veces antes de que su bisabuelo la comprara y la restaurara. Se decía que había secretos enterrados en sus cimientos. Que había una fortuna escondida, o quizás un pacto.
Decidió investigar la historia de la mansión. Buscó en los archivos familiares, en la biblioteca personal de su padre. Encontró viejos planos, cartas amarillentas, un diario con caligrafía ilegible de su bisabuelo.
Una noche, mientras Sofía se recuperaba lentamente en el hospital, Juan se sumergió en los documentos. Descubrió que la mansión había sido construida sobre las ruinas de una antigua fortaleza, y que en su subsuelo existían túneles y pasadizos secretos, usados en tiempos de guerra y contrabando. Y en el diario de su bisabuelo, en una página casi ilegible, encontró un dibujo. Un símbolo. El mismo patrón de la quemadura en el brazo de Sofía.
Debajo del dibujo, una frase en latín, casi borrada: “Custos Aeternum. Hereditas Tenebris.” Guardián Eterno. Herencia de las Tinieblas.
La sangre de Juan se heló. Esto no era un intruso. Era algo mucho más profundo. La mansión, su hogar, el lugar donde su hija debía estar segura, guardaba un secreto ancestral. Y ese secreto había despertado.
De repente, un ruido. Un crujido metálico proveniente del sótano. Juan se levantó de golpe, el diario en la mano, el corazón latiéndole con fuerza. No era el viento. No era la casa asentándose. Era un sonido deliberado. Alguien, o algo, estaba abajo.
Bajó las escaleras en silencio, cada paso un eco en la noche. La puerta del sótano, normalmente cerrada con llave, estaba ligeramente abierta. Una corriente de aire frío subió por la escalera, trayendo consigo el mismo olor metálico y dulce que había sentido en la habitación de Sofía.
Entró al sótano, una linterna en mano. Cajas viejas, muebles cubiertos con sábanas blancas. Y en el centro, una sección del suelo de piedra, que siempre había parecido sólida, ahora revelaba una grieta. Una grieta que no estaba allí antes.
Juan se arrodilló, tocó la grieta. La piedra cedió. Debajo, un espacio oscuro. No era tierra. Era un hueco, un túnel. Y desde las profundidades, pudo escuchar un susurro. Un susurro que decía su nombre.
Juan, paralizado por una mezcla de terror y fascinación, se asomó al oscuro abismo que se había abierto en el suelo del sótano. El susurro se intensificó, un murmullo gutural que parecía provenir de las entrañas de la tierra. No era una voz humana. Era algo más antiguo, más primario. El olor metálico y dulce era abrumador.
Con el pulso a mil, encendió la linterna de su teléfono y la apuntó hacia abajo. El haz de luz se perdió en la oscuridad, revelando apenas unas escaleras de piedra toscamente talladas, que se hundían en las profundidades. La humedad y el moho impregnaban el aire, pero también ese olor peculiar que ahora reconocía como el de la sustancia en la almohada de Sofía.
El diario de su bisabuelo, aún en su mano, parecía vibrar. Juan recordó la frase en latín: “Custos Aeternum. Hereditas Tenebris.” Guardián Eterno. Herencia de las Tinieblas. ¿Estaba a punto de descubrir la “herencia de las tinieblas”?
Tomó una respiración profunda y comenzó a descender. Cada paso en las escaleras resbaladizas era una prueba de su temple. El túnel era estrecho, claustrofóbico, y el silencio solo era interrumpido por el goteo constante de agua en algún lugar lejano y el latido atronador de su propio corazón.
Finalmente, llegó a una cámara subterránea. Era un espacio pequeño, de forma irregular, con paredes de piedra bruta. En el centro, sobre un pedestal improvisado, descansaba una caja de madera vieja, cubierta de polvo y telarañas. El aire aquí era denso, pesado, cargado de una energía indescifrable.
Se acercó a la caja. Estaba cerrada con un candado de hierro oxidado. Pero el diseño grabado en la tapa, visible bajo el polvo, era inconfundible: el mismo símbolo que marcaba el brazo de Sofía.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Esto no era una coincidencia. Esto era el epicentro de todo.
Justo cuando Juan extendió la mano para tocar la caja, una figura se materializó en la oscuridad, emergiendo de una grieta en la pared que Juan no había notado. Era un hombre. Alto, delgado, vestido con ropas oscuras que se fundían con las sombras. Su rostro estaba oculto bajo una capucha, pero Juan pudo sentir la intensidad de su mirada. Era “el hombre de la sombra”.
“Lo has encontrado,” dijo una voz áspera, profunda, que parecía provenir de las profundidades de la tierra misma. “El Guardián Eterno ha cumplido su propósito. Y la Herencia de las Tinieblas ha sido revelada.”
Juan retrocedió, su mente tratando de procesar la irrealidad de la situación. “¿Quién eres? ¿Qué le hiciste a mi hija?” Su voz temblaba de furia contenida.
El hombre se quitó la capucha. Su rostro era demacrado, surcado de arrugas profundas, con ojos de un azul helado que brillaban en la penumbra. “Mi nombre es Alaric. Soy el último de la línea de los Custodes. Los guardianes de este lugar. Y el legítimo heredero de lo que yace en esa caja. No lo que tu familia, los Romero, robaron.”
“¿Robar? ¿De qué hablas?” Juan estaba atónito.
“Esta mansión, Juan Romero, no fue comprada de forma honorable por tu bisabuelo. Fue tomada. Mi familia fue despojada de estas tierras y de la riqueza que guardaban. La ‘Herencia de las Tinieblas’ es el verdadero tesoro de los Custodes, un legado de conocimiento y poder que tu bisabuelo intentó ocultar y reclamar como suyo.” Alaric señaló la caja. “Dentro hay un códice. Un libro antiguo que contiene los secretos de una mina de oro escondida en estas tierras, y la fórmula para transmutar metales, una fortuna más allá de tus sueños de empresario.”
“¿Y mi hija? ¿Por qué Sofía?” Juan sentía un nudo en el estómago.
“Los Custodes tenemos un pacto con estas tierras. El símbolo en la caja, y ahora en tu hija, es la marca del Despertar. Cuando un Romero puro de corazón, como Sofía, se acerca a la verdad, el Guardián Eterno se manifiesta. La sustancia en la almohada era un sedante para que no recordara, para que el proceso fuera más lento. El símbolo en su brazo es una advertencia. Una señal de que el tiempo de tu familia ha terminado.”
Alaric dio un paso adelante. “He estado esperando. Observando. Tus sistemas de seguridad son inútiles para mí. Los pasadizos secretos son mi dominio. He venido a reclamar lo que es mío, lo que es de mi linaje. Y si no me lo entregas, tu hija, la portadora de la marca, será la llave para abrirlo, pero también la víctima de su poder.”
Juan comprendió. Alaric no era un fantasma, sino un hombre real, un descendiente de los antiguos dueños, que había vivido en las sombras de la mansión, esperando su momento. Su objetivo no era solo el códice, sino la venganza por una injusticia ancestral y una reclamación de la herencia que consideraba suya. Había usado el miedo de Sofía, la vulnerabilidad de una niña, para obligar a Juan a buscar la verdad.
“No te daré nada,” espetó Juan, su voz firme a pesar del miedo. “Esta es mi casa. Mi hija. Y no permitiré que nadie la dañe.”
Alaric soltó una risa hueca. “La Herencia de las Tinieblas exige un precio. Y tú, Juan Romero, estás a punto de pagarlo. O lo pagará tu hija.”
Con un movimiento rápido, Alaric sacó un pequeño frasco de su túnica. El líquido oscuro en su interior burbujeaba levemente. “Este es el verdadero ‘sedante’. Una gota, y el espíritu de tu hija quedará atado a este lugar, forzándola a revelar la ubicación exacta de la mina, más allá de lo que el códice pueda decir. Y la marca en su brazo se volverá permanente, un recordatorio eterno de la deuda de tu familia.”
Juan sintió la adrenalina recorrer cada fibra de su ser. No iba a permitirlo. No iba a perder a Sofía. El códice, la fortuna, todo era secundario. Su hija era su prioridad. Tenía que actuar. Y rápido.
Alaric se abalanzó, el frasco extendido. Juan esquivó el ataque, girando sobre sus talones. No era un luchador, pero era un hombre de negocios, astuto y rápido para reaccionar bajo presión. Vio una oportunidad. Detrás de Alaric, una pila de viejas cajas de madera apiladas precariamente.
Con un grito de rabia, Juan empujó las cajas con todas sus fuerzas. Las maderas podridas cedieron, cayendo sobre Alaric con un estruendo. El frasco voló por el aire, el líquido oscuro salpicando las paredes de piedra antes de que el hombre quedara sepultado bajo los escombros.
Juan no esperó a ver si estaba inmovilizado. Con un impulso desesperado, corrió hacia la caja, la abrió con un golpe de su linterna, rompiendo el candado. Dentro, un libro encuadernado en cuero oscuro, sus páginas amarillentas. Y debajo del libro, un pequeño pergamino. El pergamino contenía un mapa. El mapa de la mina.
Pero el peligro no había terminado. El susurro volvió, más fuerte, más imperioso, como si la propia cámara subterránea estuviera despertando. Las paredes de piedra comenzaron a vibrar. La grieta por donde había aparecido Alaric se expandió.
Juan sintió la tierra temblar bajo sus pies. Algo más estaba despertando. Algo antiguo y poderoso.
La cámara subterránea temblaba con una fuerza cada vez mayor. El susurro, que antes parecía una voz, ahora era un rugido sordo que resonaba en las paredes de piedra. Juan agarró el códice y el pergamino, su mente aún procesando la increíble revelación de Alaric. La “Herencia de las Tinieblas” no era solo una leyenda, sino una realidad palpable, una fortuna oculta y una historia de injusticia.
Las cajas de madera que habían caído sobre Alaric se movieron. Una mano pálida emergió de los escombros, seguida por el rostro furioso del hombre. Sus ojos azules brillaban con una intensidad desquiciada.
“¡No escaparás con lo que es mío!” gritó Alaric, mientras luchaba por liberarse, su voz resonando con la furia de siglos de espera.
Juan no perdió un segundo. Su instinto de supervivencia, forjado en años de batallas corporativas, tomó el control. Corrió de vuelta por las escaleras, el códice y el pergamino apretados contra su pecho. El túnel era ahora una trampa mortal, con pequeñas piedras cayendo del techo.
Mientras ascendía, Juan usó su teléfono para llamar a la inspectora Valdez. “Inspectora, soy Juan Romero. ¡Necesito que envíe un equipo de rescate al sótano de mi mansión! Hay un hombre armado aquí abajo, y he encontrado un pasadizo secreto. La vida de mi hija está en peligro.”
La voz de Valdez sonó tensa al otro lado. “Señor Romero, ¿qué está pasando
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