Nunca le dije a mi esposo que yo era la dueña secreta de la empresa en la que trabajaba. Para él, solo era su esposa “vergonzosa e inculta”. En la gala anual, me presentó al director general como su “niñera” para salvar las apariencias. Guardé silencio. Pero después, su hermana derramó vino tinto a propósito sobre mi vestido blanco, señaló la mancha y ordenó: “Ya que eres la empleada, límpiala”. Eso fue suficiente. Subí al escenario, le quité el micrófono al director general y le dije: “No limpio pisos. Limpio la casa. Trevor, Brianna, están despedidos, desde ya”.
Primera parte: La esposa invisible El espejo del dormitorio del ático reflejaba a una mujer vestida de satén color perla. Vanessa Reed se quedó quieta […]