
Evelyn sintió que el aire a su alrededor se espesaba, casi imposible respirar. Luces de colores se reflejaban en los rostros de los invitados, la música sonaba a todo volumen, la gente reía, bailaba, brindaba… todos, menos ella. Se sentía como si la hubieran expulsado de su propia vida y la observara desde fuera, como si presenciara la escena de otra persona en un teatro extraño.
Lucas ya había regresado con su grupo de amigos y alzaba otra copa. Evelyn permaneció inmóvil unos segundos más antes de sentir un nudo en el estómago. Sus palabras resonaban en su cabeza: «Tu apartamento será para mi madre. Es lógico». Nada en su tono sonaba a broma: la calma, la seguridad arrogante, la mirada petulante. Todo indicaba que este plan llevaba tiempo gestándose, y ella había sido la última en enterarse.
De repente, todo cobró sentido: su distancia, su desinterés en los preparativos, su indiferencia al hablar de su futuro hogar. Nunca se trató de «su hogar compartido». Se trataba de él: de los años por los que ella había trabajado y ahorrado. Algo que podían arrebatarle.
Evelyn sintió una mano en el hombro y dio un pequeño respingo. Anna estaba a su lado, con aspecto demasiado tranquilo, casi complaciente.
“¿Estás bien, querida?” preguntó en voz baja, tan baja que solo podía ser falsa.
Evelyn no respondió. La miró fríamente, con una claridad recién descubierta, como si lo hubiera comprendido todo en un instante. Por primera vez, vio la verdad: Anna nunca la había visto como una nuera, sino como una oportunidad. Un recurso. Y Lucas… no era más que una extensión de ese pensamiento. Juntos formaban un equipo perfecto.
Evelyn se puso de pie, sintiendo que la fuerza regresaba lentamente a su cuerpo, como un río que finalmente encuentra su cauce. La música ahogó cualquier drama; nadie notó lo que estaba sucediendo.
Caminó directamente hacia la salida. Sus pasos eran firmes y decididos. Cuanto más se alejaba de las abrumadoras luces del pasillo, más segura estaba de que hacía lo correcto. En el pasillo, apoyó la espalda contra la pared y respiró hondo.
No podía quedarse. No podía seguir fingiendo. No podía construir un futuro sobre una mentira.
Su teléfono vibró. Era su madre.
—¿Dónde estás, cariño? ¿Estás bien? —preguntó preocupada.
Evelyn cerró los ojos. Con la voz de su madre, se sintió más segura que en todo el día.
—Mamá… No puedo volver allí. No después de lo que acabo de oír —susurró.
—Vamos enseguida. Quédate donde estás —respondió su madre sin dudarlo.
Evelyn colgó y se quedó quieta. Su vestido, que apenas unas horas antes había sido un sueño hecho realidad, ahora le pesaba como una armadura extranjera. Un símbolo de algo a lo que nunca había pertenecido.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe. Lucas apareció tambaleándose, con el rostro enrojecido por el alcohol y los ojos llenos de irritación.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué te fuiste? ¡Es nuestra boda, Evelyn! —exclamó furioso.
Ella lo miró. Por primera vez, no vio al hombre del que se había enamorado, sino a un desconocido. Un desconocido arrogante, egoísta y egoísta.
“¿Desde cuándo decidiste que mi apartamento sería para tu madre?”, preguntó con una tranquilidad que contrastaba con el caos que sentía en su interior.
Lucas frunció los labios.
—Pensé que era obvio. Somos una familia. Mi madre necesita ayuda… Ya lo entenderás. Con el tiempo.
—No, Lucas. Tú y tu madre decidieron por mí. Hicieron planes con mi vida sin preguntarme. Como si no existiera.
—Exageras. Entra, estás haciendo el ridículo —murmuró con desprecio.
Evelyn dio un paso hacia él. Su voz se volvió fría como el hielo.
—Lo ridículo es pensar que voy a dejar que me quiten lo que he logrado por mi cuenta. No voy a volver a eso.
—¡No irás a ninguna parte! —gritó agarrándola del brazo.
Evelyn se apartó bruscamente, mirándolo con una firmeza que lo dejó desconcertado.
—Sí, me voy. Y no vuelvas a tocarme nunca más.
En ese momento, el ascensor hizo un ruido y las puertas se abrieron. Sus padres salieron corriendo, alarmados pero decididos a protegerla.
Lucas dio un paso adelante.
“¡Si te vas ahora, se acabó!” gritó.
Evelyn se volvió hacia él una última vez.
— Terminó en el momento en que pensaste que podías decidir por mí.
Entró en el ascensor. Las puertas se cerraron lentamente ante el rostro tenso de Lucas, como el telón que cae sobre una obra que nunca debió representarse.
Afuera, el aire nocturno era fresco, limpio y liberador. Evelyn sintió que se le quitaba un gran peso de encima. Sabía que le esperaban días difíciles: explicaciones, papeleo, decisiones. Pero sabía algo más importante: por primera vez en mucho tiempo, estaba eligiendo por sí misma.
Sentada en el auto de sus padres, mirando las luces de la ciudad, se secó su última lágrima.
No había perdido nada valioso. Simplemente se había liberado de algo que nunca estuvo destinado a ser suyo.
Y por primera vez esa noche, ella sonrió.
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