
—¿En serio? ¿En el rellano? ¿Como un indigente?
—Como un adulto, Marcos —respondió Clara con calma—. Toma tus cosas y vete. Eso es todo.
Torció los labios en una sonrisa torcida e intentó abrir la puerta. Clara la sujetó con el hombro. El gato corrió por el pasillo como una flecha, con la cola en alto como una bandera.
—Hazte a un lado, Clara. No quiero armar un escándalo delante de los vecinos, pero tampoco voy a dejar que me humilles.
—No te estoy humillando. Estoy poniendo un límite.
Por un instante pareció a punto de estallar. Le temblaban los dedos en el pomo de la puerta. Entonces, como si recordara algo, se alisó la chaqueta y dio un paso atrás.
—Bueno, bueno. Al menos dame el cargador. El blanco. Y las camisas azules. Si las planchaste mal, te compro unas nuevas. ¿De acuerdo?
—Todo está en la bolsa —dijo Clara—. Tus documentos, el cargador y las camisetas están ahí. Si necesitas algo más, envíame un correo electrónico. Eso es todo.
—Te escribiré, sí —murmuró, y se agachó para recoger la bolsa que ella había dejado junto al contenedor del rellano—. Ya verás, no vas a borrar quién construyó estos muros.
“Sólo me lo debo a mí misma”, concluyó Clara.
Marcos bajó las escaleras con dificultad. La bolsa de plástico del Lidl dejó un olor a manzanas baratas y plástico, y luego se desvaneció en la corriente de aire del pasillo. Clara cerró la puerta con cuidado y giró la llave dos veces. Sintió que se le quitaba un peso del pecho, un peso que había cargado durante años.
Se apoyó en la puerta un momento. La cocina estaba bañada por la tenue luz de la mañana. La taza de café seguía vacía. El gato se frotó contra sus piernas y ella susurró:
—Eso es, pequeña.
Luego sacó del cajón un sobre que contenía documentos y una lista escrita a mano:
«1) Llama al cerrajero.
2) Envíe un correo electrónico al abogado.
3) Notificar a la comunidad sobre los stickers del portero.
4) Fotografías de los mostradores.
5) Armario — organizar.
Marcó el primer punto, cogió el viejo teléfono de botones y marcó.
Buenos días, necesito un cerrajero hoy. Cambio de cerradura. La dirección es…
Al mediodía, la nueva cerradura encajó con firmeza, como una promesa. Clara fotografió los parquímetros y luego abrió el armario de Marcos. Camisas con olor a colonia rancia, camisetas con logotipos, una bufanda barata, una caja de herramientas. Hizo tres montones: «donar», «tirar», «devolver». En el estante superior, encontró una hoja de papel con letras grandes: «Regla: quien paga, manda». Clara sonrió sin alegría y dobló el papel. Viejas reglas. Vieja vida.
Sobre las dos sonó el teléfono. Número desconocido: «Estoy abajo. Necesito el destornillador eléctrico y la cinta métrica». Clara respondió: «Están en la caja negra del balcón. La dejé afuera. El administrador del edificio te la dará».
Bajó hasta la entrada y dejó la caja con el portero.
—Claro, señora Clara —asintió el hombre—. ¿Y… está usted bien?
—Sí —respondió. Y por primera vez no mentía.
De regreso, se cruzó con Marcos en las escaleras. Levantó la barbilla, fingiendo neutralidad.
—Me llevé la caja —dijo—, y para que lo sepas, no me vas a tomar por tonto. Pensarán que eres tú el que tiene el problema.
—Quizás —respondió Clara—. Pero el problema solo existía mientras te creía. Que tengas un buen viaje.
Se quedó en silencio y salió al sol. La puerta principal se cerró y Clara sintió ese clic invisible del final.
Esa noche llegó Ana con una bolsa de la panadería y una botella de vino.
—Pensé que necesitabas carbohidratos y un abrazo —dijo, dejando un poco de pan con semillas y mantequilla—. ¿Cómo estás?
Clara se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa.
—Como después de una tormenta. Los muebles siguen en pie, pero el aire es limpio.
Ana miró la cocina, la nueva cerradura.
—La libertad te sienta bien.
—Solo tengo miedo de dudar de él —confesó Clara—. Conozco sus trucos: mensajes, una cara tranquila.
—Entonces no andes preguntándotelo sola —respondió Ana—. Cuéntaselo a alguien: a un abogado, a un terapeuta, a mí. Y si es necesario, a la policía. No estás sola.
Comieron pan con mantequilla y mermelada, y tomaron té. El gato recibió una gota de mantequilla y ronroneó como un motor. Clara le mostró a Ana su plan: «Solicitar una orden de alejamiento, asesoramiento legal gratuito, grupo de apoyo». Ana asintió con seriedad.
—Te vas mañana. Hablaré con tu jefa; la conozco de yoga.
Al día siguiente, Clara acudió al Centro de Apoyo a Víctimas. La trabajadora social, Ioana, le ofreció un vaso de agua.
—Soy Ioana. Dime.
Clara lo relató con sencillez: el plato, la tortilla, los años de críticas, de silencio, de objetos arrojados. Ioana escuchó y preguntó: “¿Alguna vez te levantó la mano? ¿Te aisló? ¿Controló el dinero?”. Las respuestas pintaron un panorama: sin moretones por fuera, pero con cicatrices por dentro.
“No estás sola, y no es tu culpa”, dijo Ioana. “Solicitaremos una orden de alejamiento y hablarás con un abogado”.
Clara salió con una carpeta: “Tus derechos”, “Plan de seguridad”, “Medidas prácticas”. En el autobús, el viento le alborotó el pelo; se lo sujetó con horquillas y miró por la ventana. La misma ciudad, pero un mapa nuevo.
En los días siguientes, Marcos envió mensajes largos, luego cortos, luego solo emojis. Luego promesas: «Iré a terapia. Hablemos. No tengo dónde vivir». Clara no respondió directamente. Todo pasó por el abogado: «Toda solicitud debe ser por escrito y en presencia de un tercero». El nuevo candado permaneció en silencio.
Clara reorganizó el apartamento. Movió la mesa junto a la ventana, compró una lámpara con pantalla verde en el mercadillo. Limpió las paredes, colgó una foto de la universidad. Los sábados compraba tres cosas en el mercado: tomates, albahaca y queso. Preparaba café en un cezve heredado de su abuela. El gato la seguía a todas partes.
Un sábado vio una mesa redonda en una tienda. La compró. La armó ella misma. Puso una maceta de romero en un rincón. El aire se hizo suyo.
Cuando el juez emitió una orden de restricción de 30 días, el abogado la llamó:
—Tiene prohibido acercarse.
Clara respiró profundamente.
Marcos le envió un correo electrónico: “Lo siento”. El abogado le dijo que no respondiera. Abrió el mensaje dos veces, lo cerró y lo dejó desvanecerse como una cerilla apagada.
Un mes después, todo estaba claro: facturas aparte, llaves solo para él, vecinos notificados. En la carpeta, la primera página decía: «No vuelvas a donde aprendiste a encogerte».
Un jueves por la tarde, Ana trajo a sus amigos. La mesa redonda estaba llena de platos. Clara preparó una tortilla española, le dio la vuelta y todos aplaudieron.
—¡Esa es la última tortilla que volará en esta casa! —gritó Ana. Estallaron las risas, y Clara se rió con ellas, no de nadie, sino con alguien.
Cuando se quedó sola, apagó las luces una por una. Acarició la cerradura nueva.
—Gracias—susurró.
Se sentó en su escritorio y escribió: “Planes: terapia, curso de fotografía, viaje al mar, aprender a decir ‘no’ sin excusas, cocinar tortillas con sal, como yo quiera”.
Meses después, recibió una postal con un faro. «Por nuevos caminos. — Ana». La puso en el refrigerador. El faro miraba hacia adelante. Clara sonrió. Ya no había vacío, sino espacio. Espacio para el aire, para la gente que llama y escucha un «sí».
Por la mañana, preparó café y lo espolvoreó con canela. Afuera llovía, dentro olía a romero y tostadas. Batió huevos con leche y los espolvoreó con parmesano. Lo probó. Sonrió: justo la sal que quería. Como su vida: por fin con sabor propio.
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