
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Lucas y ese misterioso chico en el semáforo. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante y desgarradora de lo que imaginas. Su vida de lujo y la fortuna de su familia estaban construidas sobre un secreto que nadie se atrevió a revelar, hasta ahora.
Lucas deslizaba su mano por el volante de cuero cosido a mano de su Bentley Continental GT. Era un ritual casi inconsciente, un gesto que denotaba la familiaridad con el exceso, con la opulencia que lo rodeaba desde la cuna. El aire acondicionado, ajustado a una temperatura perfecta, lo aislaba del calor pegajoso de la ciudad, del ruido ensordecedor de los cláxones impacientes.
Sus gafas de sol de diseñador ocultaban sus ojos, no solo del sol poniente, sino también del mundo que se extendía más allá de los vidrios polarizados de su coche. Un mundo al que rara vez prestaba atención, más allá de la fugaz silueta de un edificio nuevo que su empresa, Inversiones Valmont, podría adquirir.
Esa tarde, como tantas otras, se dirigía a una cena de negocios. Otra velada interminable de sonrisas forzadas, acuerdos susurrados y el tintineo constante de copas de cristal fino. Su mente ya estaba en su yate, anclado en alguna bahía cristalina del Caribe, lejos de las obligaciones y el tedio de su existencia dorada.
El Bentley se detuvo suavemente en un semáforo en rojo. Un alto inesperado en la monotonía de su ruta habitual, que lo obligó a detenerse en una intersección menos… distinguida. La luz del sol, ahora más baja, se filtraba de una manera extraña, proyectando sombras largas y distorsionadas.
Fue entonces cuando lo vio.
Una figura esquelética, casi transparente, se movía entre los coches detenidos. Sus ropas, harapos más bien, colgaban de un cuerpo demasiado joven, demasiado frágil. Tenía la mano extendida, una súplica silenciosa que se perdía en el estruendo urbano. Lucas, por un instante, sintió la habitual punzada de irritación. Siempre le molestaba la invasión de su burbuja de confort.
Pero esta vez fue diferente. Algo lo hizo mirar de nuevo. No era la lástima, ni la molestia. Era una extraña, casi magnética, familiaridad.
Los ojos del chico, hundidos en cuencas oscuras, buscaron los suyos a través del cristal. Y en ese instante, el tiempo pareció detenerse. Lucas se quitó las gafas de sol, su respiración se enganchó en su garganta.
El cabello castaño, revuelto y sucio, pero con el mismo tono que el suyo. La forma de la nariz, recta y definida, idéntica a la suya. Incluso esa cicatriz minúscula, casi imperceptible, justo encima de la ceja izquierda. La misma que él mismo tenía, recuerdo de una caída torpe de niño en la mansión de sus padres.
Era como mirarse en un espejo roto. Un reflejo distorsionado por la miseria, por la desesperación, pero innegablemente suyo. Un escalofrío helado le recorrió la espalda, desde la nuca hasta la punta de los pies. Su corazón, que solía latir con la calma precisión de un reloj suizo, ahora galopaba desbocado.
Incrédulo, Lucas bajó la ventanilla unos centímetros. El suave zumbido del motor se mezcló con el áspero ruido de la calle, el olor a escape y a humedad. El chico, al notar que la ventanilla se movía, levantó la vista de nuevo. Sus ojos, los mismos ojos de Lucas, se abrieron con una mezcla de sorpresa y algo más profundo. Algo que Lucas no pudo descifrar de inmediato. ¿Reconocimiento? ¿Miedo? ¿O quizás una chispa de esperanza que se encendía en la desolación?
El chico, con la mano aún extendida, dejó caer una moneda que alguien le había dado. El tintineo metálico en el asfalto mojado resonó en el silencio que Lucas sentía a su alrededor. Lentamente, con una expresión que gritaba una verdad inconfesable, el chico comenzó a caminar hacia el Bentley. Sus pasos eran vacilantes, pero su mirada, fija en Lucas, era inquebrantable.
“Tú eres yo”, parecía decir cada músculo de su joven cuerpo.
Lucas sintió que el aire le faltaba. Su vida, la verdad sobre su familia, el impecable relato de su herencia y su linaje, todo estaba a punto de desmoronarse en el caótico cruce de una ciudad indiferente. El semáforo cambió a verde, pero Lucas no pudo moverse. Su pie se negó a pisar el acelerador. Los cláxones comenzaron a sonar, impacientes, pero su mente estaba en blanco, excepto por una imagen: los ojos idénticos de ese chico, un eco de su propia existencia, ahora a solo unos pasos de su lujo impenetrable.
La verdad, tan cerca, amenazaba con destruir todo lo que creía saber.
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